domingo, 29 de abril de 2018

LA SUERTE DE CARLOS

Carlos  pensó que era afortunado, mientras miraba el cielo azul con algunas nubes que formaban caprichosas figuras, eran cerca de las cinco de la tarde y dentro de un rato debía presentarse en el taller mecánico de Luis, casi nadie lo conocía por ese nombre para todos era el gallego, había trabajado como policía y en la fuerza policial aprendió el oficio de la mecánica, cuando lo dieron de baja por abuso de autoridad, una noche en la que el gallego y tres agentes hacían la recorrida se encontraron a la salida de un boliche con un grupo de jóvenes alcoholizados, al pedirles identificación uno de los jóvenes se negó a dar sus documentos y envalentonados por el excesivo consumo de alcohol el grupo insulto a los uniformados, ellos respondieron y se les fue un poco la mano, producto de los golpes dos de los jóvenes permanecieron internados durante dos meses en estado critico. Hubo un sumario y Luis y uno de los oficiales fueron dado de baja de las fuerzas, en ese momento el gallego junto unos ahorros que tenia, pidió algo de plata prestada y en el patio de su casa puso un tallercito que al principio permitía pagar algunas cuentas y comer día por medio. Ahora cinco años después el tallercito, le brindaba  a Luis la posibilidad de tener dos empleados y darle changas de mediodía a Carlos.
El joven sintió de pronto como si una brisa fría atravesara su cuerpo, miro las nubes y le pareció que las nubes formaban la figura de un conejo, noviembre, el sol de aquella media tarde de noviembre parecía no calentar como debiera el cuerpo de Carlos tembló de frio.
Carlos pensó que era afortunado cuando apoyando su cara contra el vidrio de la ventanilla de aquel vagón del tren que lo llevaría a la capital, vio a sus amigos parados levantando sus manos despidiéndolo. Se pensó afortunado al dejar el pueblito para irse a Buenos Aires, iba a conocer a sus ídolos y quizás un día pudiera jugar en la primera de Boca Juniors, todos decían que era bueno con la pelota, el sol de esa tarde de febrero estaba alto y calentaba mas que otras veces, adentro del tren no habían ventiladores pensó Carlos mientras pasaba la mano por su frente con la intención de secarse la transpiración que a chorros corría por su cabeza mojando su corto pelo negro, pasaba por su frente y algunas gotas surcaban su cara formando un hilo en sus mejillas, cerro un segundo sus ojos y al abrirlos, vio junto al letrero que indicaba el nombre de la estación ferroviario, al zurdo parado, con los brazos en jarra, sosteniendo en el arco que formaba el brazo izquierdo un futbol gastado por el uso intensivo. El zurdo a quien sus padres le habían puesto por nombre Enzo homenajeando al ídolo del equipo de los millonarios era el mejor amigo de Carlos juntos pasaban horas haciendo jueguitos con la pelota y siempre en el equipo del barrio jugaban de compañeros, Carlos era habilidoso con las dos piernas y al ser de baja estatura era escurridizo, el zurdo algo gordito, era encarador y a fuerza de empujar se llevaba la pelota para dar pases siempre justos a Carlos.
El chico levanto la mano saludando a su amigo, y en ese instante Carlos sintió como si una parte dentro suyo estuviera llorando, un nudo se le hizo en la garganta y una lagrima se mezclo con el sudor que manchaba su cara.
Sabia que no volvería a ver mas al zurdo, su tío José se había ido a la capital cuando el tenia dos años y nunca mas había regresado al pueblo, en la familia decían que le había ido tan bien en Buenos Aires que se había olvidado de los pobres. El se iba a Buenos Aires y se le iba bien y jugaba en Boca o la selección, quizás no volvería nunca mas al pueblo pero no se olvidaría del zurdo lo recordaría cada día que al tocarse el brazo derecho recordara como se había hecho la cicatriz que formaba casi una pulsera alrededor de su antebrazo derecho.
-Dale boludo corre mas rápido- Carlos le gritaba al zurdo que se había quedado rezagado casi media cuadra atrás, el zurdo se apoyo contra el paredón y tomo aire, miro a su amigo que dejaba la bolsa con el preciado tesoro obtenido, dentro del canasto de la basura de la casa de los López, y corría hacia el, detrás Enzo escuchaba los gritos e insultos de don Sabadini el italiano que tenia las mejores naranjas de la región, el zurdo metió la mano en el bolsillo de su pantalón y se entretuvo acariciando aquel fruto naranja jugoso y dulce, quizás saboreándose antes de tiempo al saber lo delicioso que era ese manjar.
Carlos ya estaba junto a el respirando agitado- Dale gil o queres que el viejo nos agarre- le decía con la voz entrecortada por la agitación-Dale vamos rajemos-
Enzo se agacho para agarrar la pelota cuando al mirar por entre sus piernas vio al viejo Sabadinni parado a muy corta distancia de el, todos en el pueblo decían que el anciano estaba loco, había llegado de joven y luego de casarse se marcho con su mujer al sur varios años después regreso solo nadie supo que había pasado con la mujer, el se encerró en su casa y comenzó a correr el rumor que la había matado allá en el sur por que la encontró con otro hombre. Los padres lo usaban de figura maligna para asustar a sus hijos . En ese momento Enzo recordó todos los cuentos sobre el loco, se tiro al suelo cuando vio pasar sobre el algo que no pudo identificar, el grito de su amigo hizo que se levantara como empujado por mil resortes, casi mas por instinto que por razonamiento empujo al anciano haciéndolo caer en la acequia y entonces se dio cuenta que el alambre que el hombre traía a modo de látigo se había enrollado en el antebrazo de Carlos y manchaba la vereda de sangre. Lo llevo donde su hermana para que lo curara y después fuera a hablar con la madre de Carlos, su hermana era un ángel y sabia que si ella hablaba con la señora no castigarían a su amigo. La bolsa con naranjas quedo olvidada en el canasto de la basura.
Carlos acaricio la cicatriz y se limpio las lagrimas y los mocos, afuera el zurdo pateaba el futbol hacia las ruedas del tren.


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