Carlos pensó que era afortunado, mientras miraba el cielo azul con algunas nubes que formaban caprichosas figuras, eran cerca de las cinco de la tarde y dentro de un rato debía presentarse en el taller mecánico de Luis, casi nadie lo conocía por ese nombre para todos era el gallego, había trabajado como policía y en la fuerza policial aprendió el oficio de la mecánica, cuando lo dieron de baja por abuso de autoridad, una noche en la que el gallego y tres agentes hacían la recorrida se encontraron a la salida de un boliche con un grupo de jóvenes alcoholizados, al pedirles identificación uno de ellos se negó a dar sus documentos y envalentonados por el excesivo consumo de alcohol el grupo insulto a los uniformados, ellos respondieron y se les fue un poco la mano, producto de los golpes dos de los jóvenes permanecieron internados durante dos meses en estado critico. Hubo un sumario y Luis y uno de los oficiales fueron dado de baja de las fuerzas, en ese momento el gallego junto unos ahorros que tenia, pidió algo de plata prestada y en el patio de su casa puso un tallercito que al principio permitía pagar algunas cuentas y comer día por medio. Ahora cinco años después el tallercito, le brindaba a Luis la posibilidad de tener dos empleados y darle changas de mediodía a Carlos.
El joven sintió de pronto como si una brisa fría atravesara su cuerpo, miro las nubes y le pareció que estas formaban la figura de un conejo, el sol de aquella media tarde de noviembre parecía no calentar como debiera el cuerpo de Carlos tembló de frio.
Carlos pensó que era afortunado cuando apoyando su cara contra el vidrio de la ventanilla de aquel vagón del tren que lo llevaría a la capital, vio a sus amigos parados levantando sus manos despidiéndolo. Se pensó afortunado al dejar el pueblito para irse a Buenos Aires, iba a conocer a sus ídolos y quizás un día pudiera jugar en la primera de Boca Juniors, todos decían que era bueno con la pelota, el sol de esa tarde de febrero estaba alto y calentaba mas que otras veces, adentro del tren no habían ventiladores pensó Carlos mientras pasaba la mano por su frente con la intención de secarse la transpiración que a chorros corría por su cabeza mojando su corto pelo negro, pasaba por su frente y algunas gotas surcaban su cara formando un hilo en sus mejillas, cerro un segundo sus ojos y al abrirlos, vio junto al letrero que indicaba el nombre de la estación ferroviario, al zurdo parado, con los brazos en jarra, sosteniendo en el arco que formaba el brazo izquierdo un futbol gastado por el uso intensivo. El zurdo a quien sus padres le habían puesto por nombre Enzo homenajeando al ídolo del equipo de los millonarios era el mejor amigo de Carlos juntos pasaban horas haciendo jueguitos con la pelota y siempre en el equipo del barrio jugaban de compañeros, Carlos era habilidoso con las dos piernas y al ser de baja estatura era escurridizo, el zurdo algo gordito, era encarador y a fuerza de empujar se llevaba la pelota para dar pases siempre justos a Carlos.
El chico levanto la mano saludando a su amigo, y en ese instante Carlos sintió como si una parte dentro suyo estuviera llorando, un nudo se le hizo en la garganta y una lagrima se mezclo con el sudor que manchaba su cara.
Sabia que no volvería a ver mas al zurdo, su tío José se había ido a la capital cuando el tenia dos años y nunca mas había regresado al pueblo, en la familia decían que le había ido tan bien en Buenos Aires que se había olvidado de los pobres. El se iba a Buenos Aires y se le iba bien y jugaba en Boca o la selección, quizás no volvería nunca mas al pueblo pero no se olvidaría del zurdo lo recordaría cada día que al tocarse el brazo derecho recordara como se había hecho la cicatriz que formaba casi una pulsera alrededor de su antebrazo derecho.
-Dale boludo corre mas rápido- Carlos le gritaba al zurdo que se había quedado rezagado casi media cuadra atrás, el zurdo se apoyo contra el paredón y tomo aire, miro a su amigo que dejaba la bolsa con el preciado tesoro obtenido, dentro del canasto de la basura de la casa de los López, y corría hacia el, detrás Enzo escuchaba los gritos e insultos de don Sabadini el italiano que tenia las mejores naranjas de la región, el zurdo metió la mano en el bolsillo de su pantalón y se entretuvo acariciando aquel fruto naranja jugoso y dulce, quizás saboreándose antes de tiempo al saber lo delicioso que era ese manjar.
Carlos ya estaba junto a el respirando agitado- Dale gil o queres que el viejo nos agarre- le decía con la voz entrecortada por la agitación-Dale vamos rajemos-
Enzo se agacho para agarrar la pelota cuando al mirar por entre sus piernas vio al viejo Sabadinni parado a muy corta distancia de el, todos en el pueblo decían que el anciano estaba loco, había llegado de joven y luego de casarse se marcho con su mujer al sur varios años después regreso solo nadie supo que había pasado con la mujer, el se encerró en su casa y comenzó a correr el rumor que la había matado allá en el sur por que la encontró con otro hombre. Los padres lo usaban de figura maligna para asustar a sus hijos . En ese momento Enzo recordó todos los cuentos sobre el loco, se tiro al suelo cuando vio pasar sobre el algo que no pudo identificar, el grito de su amigo hizo que se levantara como empujado por mil resortes, casi mas por instinto que por razonamiento empujo al anciano haciéndolo caer en la acequia y entonces se dio cuenta que el alambre que el hombre traía a modo de látigo se había enrollado en el antebrazo de Carlos y manchaba la vereda de sangre. Lo llevo donde su hermana para que lo curara y después fuera a hablar con la madre de Carlos, su hermana era un ángel y sabia que si ella hablaba con la señora no castigarían a su amigo. La bolsa con naranjas quedo olvidada en el canasto de la basura.
Carlos acaricio la cicatriz y se limpio las lagrimas y los mocos, afuera el zurdo pateo el futbol hacia las ruedas del tren.
Su padre le había dicho que el viaje era largo que llegarían a Buenos Aires muy tarde, Carlos se acomodo en el asiento dispuesto a mirar todo el paisaje durante el viaje, nunca había salido del pueblo, cuando su padre viajo a la capital de la provincia con el Leo y la Irene a ver jugar a Boca Juniors, que participaba en un torneo para recaudar dinero para colaborar con los inundados del litoral, el no pudo viajar porque era muy chico y se quedo llorando mientras los veía marcharse en el camión de don Cosme, el mismo camión que usaba el municipio para recoger la basura día por medio. Cuando volvieron el ya estaba durmiendo y su mama lo despertó, había esperado toda la tarde que volvieran y le trajeran un regalo de la cancha, una remera o el futbol o una bandera, algo pero medio dormido medio despierto se desilusiono al ver que no le traían nada, durante una semana el Leo estuvo contándole como había estado el partido y lo cerquita que estaba del arco, Carlos se imagino una y mil veces en ese lugar. El traqueteo del tren, el cansancio y la emoción de conocer Buenos Aires hicieron que el niño se durmiera cuando llevaban 2 o 3 horas de viaje sus ojos se habían llenado del el verde de la vegetación y el azul verdoso de los ríos que cruzaban en el recorrido. A Carlos le pareció ver un caballo cuando mas dormido que despierto lo subieron al transporte de su tío que los llevaría a su nueva casa. Pero eso era imposible seguramente su tío tenia la mejor camioneta en la que pudiera andar en definitiva vivía en la capital
Carlos pensó que era afortunado aquel día que con sus 13 años cumplidos lo convocaron de un club de la b para hacer una practica ese día recordó el momento en que dejaron el pueblito hacia ya cuatro años, recordó al zurdo parado en la estación pateando el futbol para que el tren lo reventara como si en ese gesto diera por terminada su relación con la pelota, nunca mas había tenido noticias de el, a decir verdad nunca mas había tenido noticias de nadie del pueblo, los primeros meses de vivir en la capital sintió mucha nostalgia de su pueblito y sus amigos, extrañaba mucho a Enzo y el pasar horas jugando con la pelota, extrañaba las naranjas del viejo Sabadinni, las veces que comía frutas en la capital eran de frigorífico y no tenían el sabor de las recién arrancadas del naranjo, extrañaba su casa, el lugar que les había prestado su tío José para vivir era mucho mas chico que su casa en el pueblito, cuando supo que se venían para la capital, el pensaba que vivirían en uno de esos departamentos que veía por la tele, muchas veces pensó lo difícil que seria jugar al futbol en el asfalto con tanto auto lleno y viniendo, y de golpe se había encontrado con la realidad, su tío no vivía en un departamento, su casa no era de ladrillos y cemento, al día después de llegar se dio cuenta que en realidad había visto un caballo la noche anterior y descubrió que el transporte en el que su tío los había ido a buscar era un carro tirado por un caballo que su tío José usaba para juntar cartón y chatarra que después vendía por unos pocos pesos.
El martes debía presentarse en el club a las 18 horas alcanzaba a salir de la escuela secundaria en la cual ese año había comenzado a cursar el primer año, llegar a su casa cambiarse y si el Leo le prestaba la bici llegaría justo para empezar. Carlos estuvo todo el día nervioso, no pudo concentrarse en clases y apenas sonó el timbre salió corriendo para su casa, al llegar saludo a sus padres, y se fue a la pieza a ponerse la camiseta de futbol y un par de zapatillas, busco la gorra y cuando pregunto por la bici del Leo noto que su padre estaba en casa, a esa hora siempre estaba trabajando, su madre se limpiaba los ojos que de tan rojos parecía que se le iban a salir de la cara, La Irene caminaba de un lado a otro. Ese día fue la primera vez que sintió bronca y deseo con todas sus fuerzas no haber venido nunca a Buenos Aires, su padre se levanto de la silla en que estaba sentado en silencio y en voz baja le dijo. “Vos te venís a la obra conmigo, necesito un ayudante” Carlos miro a su madre, no entendía que pasaba el que ayudaba a su padre era el Leo que era tres años mayor que Carlos. Irene lo miro le entrego un bolsito con un poco de pan y una milanesa que había sobrado del medio día y le dijo. “El Leo se fue, papa lo echo de la casa” el intento que su hermana le contara algo mas pero la muchacha se metió en la pieza y se la escucho llorar. Carlos miro a su padre y en silencio salió tras el a trabajar como ayudante de albañil, por dentro sentía bronca y ganas de llorar pero no tenia tiempo para eso. Esa fue la primera vez que odio a su padre, mientras preparaba la mezcla en la maquina hormigonera pensaba en la oportunidad que perdía, quizás lo volvieran a convocar, pero sabia que mientras tuviera que ayudarle a su padre no podría ir a probarse a ningún equipo. Los días pasaban y por el trabajo debía faltar a clases, ya casi no jugaba al futbol y estaba siempre cansado, muchas veces su almuerzo eran unos mates con sándwich de queso y mortadela. Al Leo lo cruzo una o dos veces en la calle, le dijo que volviera a casa y la respuesta de su hermano siempre era la misma`` Mientras ese hijo de puta este hay yo no vuelvo” Carlos no entendía el porque de la bronca del Leo con su padre. Carlos preguntaba que había pasado y solo obtenía por respuesta ``Es un hijo de puta”. Carlos entendió el motivo del enojo de su hermano cuando unos meses después al llegar a su casa, encontró a su madre llorando y a su hermana que ya estaba a punto de parir acostada en el sillón que serbia de cama. En ese momento se entero que su padre tenia una doble vida, que durante mucho tiempo había estado con otra mujer, y había decidido irse a vivir con ella, entonces se entero también que en su otra relación tenia una hija y que había decidido irse a vivir con ellas.
Carlos comprendió la bronca del Leo y sin pensarlo abrazo a su madre” Vamos a salir adelante vieja, vamos a salir” le dijo al oído mientras besaba su mejilla, ese día Carlos lloro, lloro todo lo que llevaba dentro.
La madre del joven comenzó a trabajar mas horas haciendo limpieza en distintas casas, Carlos abandono definitivamente los estudios y comenzó a trabajar de noche juntando cartones con el oso un mendocino que media como dos metros de alto y pesaba como cuatro o cinco Carlos juntos, con su padre había aprendido algo de albañilería y siempre había alguna changuita que hacer. El Leo iba cada tanto a visitarlos y siempre llevaba algo para cenar, nunca dijeron nada pero en casa todos sabían que andaba en algo raro, La Irene había tenido una nena que era la debilidad de Carlos.
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